[ 17 / 09 / 2019 ]

LEMMY

Nous vivons dans l’oubli de nos métamorphoses…

 

 

Lemmy Caution lee a Paul Eluard. “Nous vivons dans l’oubli de nos métamorphoses”… así comienza su poema Nuestro movimiento… así, la lectura de Lemmy se convierte en la de Godard y viceversa. La lectura de uno orbita la lectura del otro, se conectan y entrelazan, las lecturas y ellos casi. Pero también se conectan a Paul Eluard, casi, y en cierto modo, ya no aquí o allí, donde pueda(n) acontecer, él a ellos.

 

La cuestión se complica. Lemmy lo intuía, como Godard lo intuía (y viceversa) y como el propio Eluard lo intuyó. Alfa-60 es destruido por la poesía, y como dice, aún hoy, la voz gutural y metálica del comienzo de Alphaville (Godard 1965) a veces la realidad es demasiado compleja para la transmisión oral.

 

Uno piensa, escribe, pinta, construye, habita, hace lo que sea como sea o para lo que sea, no para los otros, lo hacemos con los otros y gracias a los otros. Es por esa gracia que también algo nos corresponde y arrastra: un resto propio. Somos arrastrados, atraídos. La gravedad es inevitable. Arrastramos y atraemos, nos arrastran y atraen, y siempre queda una distancia, cierto vacío inmutable y constitutivo, olvido, que salva, incluso las distancias (en esencia eso es lo salvífico). Todo lo demás son órbitas de colisión o escape… un fuga temporal marcada por la fatalidad y lo aleatorio puro. Sí no, el tormento del recuerdo, constante y persistente, hecho presente, pasado y futuro, nuestra eternidad de gozo y dolor: algumín y nepento que diría Joyce.

 

Atlas Elipticalis tiene un estado técnico, una dimensión maquinal, que se ramifica, cablea, subterráneamente, de manera aparentemente azarosa, quizás buscando resquicios y diminutas glorias fotónicas. Pero no es interesante sólo verlo así, aunque yo lo hago porque es mi método, mi manera y mi modo de reflexionar y de comenzar a construir artificios y artefactos de pensamiento para lo demás y para mi (un resto). Es por eso que hablo y hablo, escribo y escribo, y pinto y pinto, hago lo que sea, y le doy vueltas a cuestiones y a materias que me son lejanas pero muy atractivas. Y una vez ahí, con todos esos materiales, con lo que otros intuyeron y convirtieron en certezas y aproximaciones filosóficas, poéticas, plásticas y visuales o abstracciones que rigen nuestro universo con una precisión aterradora y aún por determinar, voy visualizando relaciones, ideas, formas, conceptos que en algún que otro momento se materializan en su transito hacía dios sabe dónde. Esta dimensión creo que está sobradamente comentada en el amplio texto en el que desemboca esta sencilla publicación (ver nota final).

 

Pero vuelvo a Lemmy…

 

Así como la dimensión maquinal tiene que ver con la gravitación, las maneras que hemos tenido de entenderla y visualizarla, y también con otras que tratan los materiales como partes de un dispositivo nemotécnico, una especie de astrolabio o esfera armilar que nos permite saber aproximadamente dónde estamos o a dónde vamos y como volver a casa dejando marcas de colores o miguitas de pan (Post-it), la dimensión esencial, la especia,  solo llegó a mi más tarde, después del entusiasmo, pero ya estaba allí como la carta robada… siempre estuvo ahí (ahora más cerca y visible). Fue en ese momento cuando el antes se me hizo presente: tan vacío como cuando todavía no era.  Mi inquietud iba en aumento, como la de Lemmy.

 

Encarnar las elipses era el presente. Asumirlas tanto en su abstracta perfección matemática como imprecisas en su despliegue sobre el plano plástico y visual, y hacer que esa geometría estuviera nutrida por lo que otros pudieran pensar que pudiera ser, más allá del jardín y el ornamento o de la dinámica propia de los objetos cósmicos: no ser abarcado por la totalidad sino contenido en lo mínimo.

 

Y los otros, que siempre están, seguían ahí, no dudaron en prestar sus reflexiones sobre el par natural elipse y elipsis, y de esta manera salvar la mera e inefable formalidad para dar el salto humano de pensar las cosas, ponerlas en cuestión, y de constituir hechos y acontecimientos cargados por la intuición, la emoción, el intelecto y el sentido humano. De repente las elipses se tornaban iguales y diferentes a cada paso, en cada punto de su recorrido. Un punto perseguía al otro y dependía de su predecesor, los focos y radios, los perímetros, las tangentes y las bisectrices, la inercia, la aceleración instantánea, áreas y trayectorias se volvían metonímicas y metafóricas. Por un lado la línea incorporaba la voz y el discurso recurrente orbitante en lo abstracto, su desplazamiento metonímico, y por otro la propia orbita elíptica trazada era aplanada y consensada sobre un campo de color capa tras capa, su estado metafórico: significante y significado se desleían abandonado (por instantes) la contigüidad, el orden y toda superposición. Lemmy Caution lo intuía.

 

Los otros por uno mismo y viceversa. Todos ellos seguidos con respeto, atención, curiosidad y sorpresa. Una tras otro y tras otro una y uno más: Mieke Bal y sus recorridos bíblicos, la densidad semiótica de la historia y la migraciones, de personas y de sentido… sus narraciones y la lógica de las mismas. Kenneth Goldsmith, en la distancia, desde hace más de 20 años, sus textos e inmensos e iconoclastas poemas, sus acciones y su activismo cultural: el archivo. Lo mismo con Agustín Fernández Mallo, tanto tiempo leyéndolo y disfrutándolo, su narrativa sorpresiva que se embosca en lo cotidiano; sus músicas, escaladas, paseos, divagaciones y fetichismo desapercibido. Tálata Rodríguez y su firme actitud; sus poemas plenos, directos, diáfanos y encarnados… Ellos prestándome con generosidad sus voces y reflexiones. De Descartes a la geometría musicada y encarnada en lo matemático social y político, pasando por la gramática y su dimensión surreal y emoticónica para llegar a los pares de palabras disparadas a bocajarro sobre dianas de sentido y un micrófono. Mis elipses son sus elipsis y viceversa. Ya lo decía al principio de este párrafo. Intuía este bucle elíptico.

 

Algo se mueve y va en pos de sí mismo. Habita inquieto en un universo vibrante.

 

Por esto Atlas Elipticalis se pierde en un mundo de hechos, en las constelaciones que muestran la dependencia de todos los cuerpos que ocupan lo que hay, y a menor escala, que habitan lo que existe. Pero esto es relativo, aunque nos permite descansar de vez en cuando de la eterna deriva y de la alegoresis. Sin embargo, lo que viene a continuación, es una de las claves emocionales de haber seguido desarrollando un proyecto denso, confuso y formalmente difícil, e incluso poco atractivo, pero nada ingenuo y ni tan siquiera ingenioso: las relaciones humanas, los reencuentros y las despedidas, otra vez; las ausencias y los aprendizajes compartidos, las tensiones humanas y la exposición al riesgo y al fracaso. Volver, volver y volver: el eterno retorno de lo mismo diferente… la visión y el enigma.

 

Abrirse al acontecimiento y construir cartografías que nos permitan volver a casa con la familia o perdernos en el tesoro del significante… y ahí, después de muchos años surgió la estrella polar (Hokushin) que daría sentido (Bauer) a la trama que se iba tejiendo: Lucy Lippard y su Yo veo, tú significas, la relectura de esta tremenda novela terminaba de confortar mi alma y me expelía a la órbita desde la que tener la perspectiva necesaria para desarrollar y tratar de dar cierta apariencia al proyecto. Yo veo, tú significas, una novela o ensayo filosófico literario que amalgama el sentido y lo arroja a una deriva de colisión contra y desde sus actores-factores. Los entrelaza y vuelve a entrelazar, los desvela y los oculta y aturde… y todos ellos se tocan y acarician en la distancias del tiempo y del espacio, en el I-Ching, la astrología, en la fotografía, los cambios meteorológicos y políticos: orbitan en una danza misteriosa (pero que entre_conocemos), complicada y helicoidal, la órbita es órbita de órbitas: el movimiento aparente no debe engañarnos, el plano no es la realidad al igual que el Atlas no es el mundo ni el firmamento… pero ayuda, aunque las conclusiones son momentos de respiro, sin más, es decir, no veamos símbolos donde no los hay ni se intentaron… emergen…

 

                                              *

 

Y es que todo conjunto (i.e. el conjunto o conjuntos de Lippard), sean estos cuales queramos, poseen al menos una alteridad absoluta, es decir, poseen un elemento desconocido, Lemmy lo intuye, qué hace imposible que el conjunto, el conjunto y no otra entidad que no sea conjunto, se pertenezca a sí mismo o que coincidamos con nosotros mismos (otro don secreto / ontología de la metáfora). Donde la identificación real se verifica no hay metáfora (Ortega 1924) y se produce la apaciguante mineralidad absoluta. Esta imposibilidad,  incompletitud, lo indecidible (Gödel 1931) (o deriva) es la que nos pone en relación con (lo) otro existente. Todo existe de un modo condicionado, cierta vacuidad (Nâgârjuna), lo moviente (Bergson 1934) y por tanto carece de naturaleza propia aunque esté en medio de un paisaje estelar (Clarke 1968). En todo conjunto siempre debe haber un elemento que sea disjunto del total y siempre hay un elemento que le pertenece pero que no está incluido (o está al menos a la fuga) y que se persigue, es perseguido: X no puede predicarse en A, y a su vez tampoco lo puede hacer, predicarse X, en B (Moreno 2017).

 

Cuando actúa la metáfora se produce sentido de retroactividad y de retrospección (retro ajuste), pero también  yuxtaposición y colapso; hacia atrás o hacia delante, es indiferente, es una función dependiente (), orbitación, ya sea esta en una grado básico, dos o tres cuerpos, o nos atrevamos a elevar la complejidad a n-cuerpos… pero aquí Lemmy Caution comienza a intuir que la complejidad oculta algo para lo que no estamos hechos y de lo que somos dependientes (Freud 1939), y esto resulta tan misterioso como atractivo,  y siempre angustiante. Es un decir grabado (Freud 1939) .

 

Siguiendo el argumento es posible pensar que toda identificación es un proceso de significación que arranca al significante de sus conexiones lexicales, pero hay un orden primordial del significante (meras letras, colores, geometría, elipses en un lienza) donde el sujeto (o lo que sea que queramos sujetar) es separado, no sujetado –dejado caer-, y es diferente de sus cualidades, y por tanto no es sólo significación, conlleva el alineamiento del significante (Lacan 1956) o su excomunión –exconjunción¡!. Es por esto que cuando se habla de simbolismo se descuida la dimensión, el estado, referido y vinculado a la presencia del significante y su organización sintáctica. En el significante se da un fenómeno imposible de no ver (West 1991) de contigüidad. El significante es, por tanto, el instrumento con el que se expresa el significado desaparecido (no sujeto)… el significante no todo es… pero está en su lugar, dispuesto a condensarse, pero no a ser desplazado (por eso la importancia de asumir la dificultad de la lectura… ) de ver el lugar y su vacío correspondiente, reconocerlo y aceptar una variación momentánea, instantánea, de estado y que el significante se desplace. El significante no todo es, pero es menos si no es desplazable con su estela, trayectoria o deriva (todo ello es el significante, de ahí la importancia del acento, del matiz o del estilo: problema de estilo, y también problema de expresión).

 

Sin la estructuración del significante y su pseudo desplazamiento ninguna transferencia de sentido será posible y por tanto lo importante es la oposición/posición, o la no predicabilidad, entre los vínculos internos del significante: el posicional (o proposicional) y el de similitud, que está ligado a la posibilidad indefinida de la función de sustitución o transformación (Change operations. Cage), la cual sólo es concebible sobre el fundamento de la citada relación posicional (Lacan 1956) y de la trayectoria de  las posiciones, las tangentes, las áreas y las velocidades… de la aceleración instantánea inherente a toda orbitación.  En el principio de la metáfora (ontología) no está la significación sino su colocación en (una) posición tras otra, en el lugar en trayectoria, del sujeto en la proposición… todo en Atlas Elipticalis versa sobre de un fenómeno de significantes… va de ese palo. La metáfora se sostiene ante todo mediante una articulación posicional porque lo importante no es que la similitud esté sostenida por el significado, sino que la transferencia de significado sólo es posible debido a la estructura misma de lo que llamamos lenguaje. Todo lenguaje es metalenguaje, y lo es por su propio registro. La coherencia posicional lo es todo y aun (Lacan 1955) así, el cielo y todas sus estrellas caerán, quizás, sobre las cabezas de las generaciones por venir o llegar. Lemmy lo intuye, Eluard lo intuye… Godard lo intuye.

 

Si nos resulta tan necesario usar la palabra (Lippard) es para encontrar o para no perderse, dada nuestra propensión a descomponernos en presencia del otro… I love you: un final tan adecuado a este texto de presentación como lo era, maravilloso, para el final de Alphaville (Godard 1965)…

 

 

José Maldonado. Abril de 2018

 

 

 

Notas

 

* En teoría de conjuntos, el axioma de regularidad o axioma de fundación es un axioma que postula que ciertos conjuntos, como por ejemplo un conjunto que se contenga a sí mismo como elemento, no pueden existir. Fue propuesto por Von Neumann y Zermelo entre 1925 y 1930.

Una manera equivalente de enunciar el axioma de regularidad es afirmando que todos los conjuntos son regulares, es decir, que la relación de pertenencia ∈ vista como un orden parcial tiene un elemento mínimo en todos los conjuntos. En particular, esto prohíbe la existencia de una sucesión infinita de conjuntos de la forma x1 ∋ x2 ∋ x3 ∋ ... De este modo, es sencillo entender que el axioma de regularidad prohíbe la existencia de conjuntos «patológicos» —no regulares— como por ejemplo:

  • Un conjunto que sea su único elemento, . Se tendría entonces que x ∋ x ∋ ...

  • Una pareja de conjuntos y y z tales que y = {z}, z = {y}. Se cumpliría y ∋ z ∋ y ∋ ...

 

a) Este texto es una breve introducción a una serie de aspectos que están apuntados pero no desarrollados con cierto detalle en el texto teórico que se incluye a modo de extensa reflexión sobre los aspectos de carácter formal y técnico que, sin embargo, son apuntados en los párrafos finales de esta introducción.

 

b) A continuación se recogen las colaboraciones transcritas aportadas por Mieke Bal, Kenneth Goldsmith, Agustín Fernández Mallo y Tálata Rodríguez. Todas ellas quedan registradas en diversos soportes: una pieza de audio en cinta magnetofónica sobre pared que es un mix de sus 5 minutos de colaboración verbal, la reflexión de cada uno de ellos por separado en cada una de las elipses realizadas con cinta magnetofónica de las 4 piezas de color (post-iT) y en la grabación individualizada de cada una de las reflexiones aportadas (con la calidad del archivo enviado) en un magnetófono en modo autor reversible que está a disposición del público y los interesados en la sala.

 

c) Las diferentes trascripciones son el título de cada una de las cuatro piezas de color que se despliegan en el espacio de la galería.

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